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El arte de rega­lar libros

Rara vez com­pren­de­mos el alcance de rega­lar un libro a un niño, espe­cial­mente en estos tiem­pos de la Play Sta­tion y la falta abso­luta de ima­gi­na­ción sin la ayuda de ese bom­bar­deo cons­tante de la ima­gen.
Un día de hace 37 años, allá en Gua­te­mala, un tío lejano me regaló el libro que me des­cu­brió la cone­xión nada secreta entre fan­ta­sía y lite­ra­tura. Las posi­bi­li­da­des de la fic­ción de las pala­bras sobre el papel que me con­vir­tie­ron en lo que los cata­la­nes lla­man lletraferit.

Él mismo buscó siem­pre vol­ver a una Ítaca que se le fue des­di­bu­jando en su vida de tor­menta, en su lucha a brazo par­tido con­tra el des­tino adverso que le habían mar­cado los dio­ses y en su insis­ten­cia en que­rer escu­char el canto fatal de las sire­nas.
Tal vez por eso me regaló pre­ci­sa­mente aquel libro que yo leía y releía bajo las sába­nas, mien­tras pala­deaba tro­ci­tos de pan duro y cum­plía –sin saberlo– con en el rito de ini­cia­ción al vicio de la lec­tura, el único vicio que ha sido capaz de engan­charme sin posi­bi­li­dad de recobro.

Por eso siem­pre le recor­daré en esa Navi­dad de mis ocho años, rega­lán­dome aquel libro que hablaba de un tal Uli­ses –desde enton­ces mi per­so­naje lite­ra­rio favo­rito– y en cuyos mares revuel­tos me he visto tan­tas veces, mien­tras busco mi Ítaca par­ti­cu­lar y a esa Pené­lope que ya empiezo a pen­sar que no existe más que en la ima­gi­na­ción que Homero encen­dió mediante mi tío Pepe.
Y por eso viajé 250 kiló­me­tros con la ansie­dad y el deseo de lle­gar a tiempo de darle gra­cias y desearle un buen viaje por ese antro de las nin­fas que ahora reco­rre para devol­ver su alma al crea­dor.
Se lo debía.

Des­canse en paz, tío Pepe.

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El arre­bato creador

En una de esas revis­tas de fechas remo­tas que se amon­to­nan en las salas de espera de los den­tis­tas, leí un artículo sobre un músico de jazz lla­mado Johnny Car­ter. Era un artículo extraño por­que no era una crí­tica al uso, sino algo así como una evo­ca­ción. La pri­mera página estaba arran­cada, así que no supe enton­ces que Johnny Car­ter en reali­dad no exis­tía.
Bus­qué dis­cos, infor­ma­ción en enci­clo­pe­dias de jazz, pre­gunté a músi­cos. Nada. Aque­llo aumentó mi curio­si­dad. Por enton­ces no exis­tía Inter­net, no se había inven­tado.
Fue muchos años más tarde, en una ter­tu­lia de la tele­vi­sión, cuando escu­ché hablar de un relato lla­mado El Per­se­gui­dor, de Cor­tá­zar, que hablaba sobre un músico de jazz lla­mado ¡Johny Car­ter!
Así que era nor­mal que en lugar de escu­char la música de Johny Car­ter, me lan­zara a la aven­tura de leer a todo Cor­tá­zar.
Releer, esta vez com­pleto, El Per­se­gui­dor, fue una expe­rien­cia que me dejó boquia­bierto. ¿Cómo se puede escri­bir así, sin­co­pado, como si se tra­tara de una impro­vi­sa­ción jaz­zís­tica, con ese manejo del tiempo? Es un relato que, hablando en argen­tino, me deja loco.
Cuando quiero escri­bir, vuelvo a releer El Per­se­gui­dor. No para ins­pi­rarme en el relato ni en el estilo de Cor­tá­zar, sino para sen­tir el arre­bato crea­dor, esa pasión que nos impulsa a inven­tar per­so­na­jes como el tal Johny Car­ter del que un amante del jazz con die­ci­siete años quiso escu­char la inexis­tente dis­co­gra­fía completa.

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La pera antigua

El agri­cul­tor nos pre­guntó si que­ría­mos tam­bién peras anti­guas. Me lanzó una y tuve entre mis manos una pera que no había pro­bado nunca, pero que ya había visto en algún sitio. Y ese sitio no es otro que un museo.

La pera Romana es una de las catorce varie­da­des que se cul­ti­van en Ara­gón. La lla­man pera anti­gua por­que pro­cede de pera­les vie­jos de los que van que­dando pocos, pues van siendo sus­ti­tui­dos por pera­les de otras varie­da­des con más salida comer­cial.
Es de forma oblonga y poco esti­li­zada, bas­tante jugosa, de sabor dulce con un toque de aci­dez y tex­tura entre fina y gra­nu­losa.
Estuve inten­tando recor­dar en dónde había visto esa pera antes, y creo que fue en una expo­si­ción de bode­go­nes en la que des­cu­brí a Luis Melén­dez, uno de los mejo­res pin­to­res de bode­go­nes del XVIII.

Y por si des­a­pa­re­cen, yo tam­bién he empe­zado a pla­near un bode­gón –y que me per­done el maes­tro Melén­dez– con peras Romanas-.

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El arte del New Deal

El New Deal tuvo su parte artís­tica. Supe de esto el pasado Diciem­bre, en un curioso museo del Miami beach Art Decò: The Wolfsonian.

1934 fue un año de cri­sis con un 25% de paro en USA, el peor mes de Febrero que se recuerda (por lo frío), pero un año en el que el New Deal del pre­si­dente Roo­se­velt empezó a pro­du­cir ideas que tra­je­ron algo de ali­vio para los más nece­si­ta­dos.
En lo más bajo de la escala, o direc­ta­mente sin escala, los artis­tas esta­ban entre los más nece­si­ta­dos. Harry Hop­kins a quien Roo­se­velt había puesto a cargo del pro­grama de tra­bajo, dijo que los artis­tas tam­bién tenían que comer, y así sur­gió la idea del Public Works of Art Pro­ject. Se con­tra­ta­ron casi cua­tro mil artis­tas que sólo ese año pro­du­je­ron 15.700 obras de arte que lle­na­rían los edi­fi­cios guber­na­men­ta­les de todo el país. Cada obra costó una media de 76 dóla­res, que no era un mal pre­cio en aque­llos tiem­pos.
La única pre­misa para los artis­tas era que pre­fe­ri­ble­mente tenían que refle­jar la “escena ame­ri­cana” . Y así es como sur­gie­ron esas pin­tu­ras que, de no haber sido por aquel esfuerzo polí­tico, no habrían lle­gado hasta noso­tros refle­jando una era que ahora nos vuelve a tocar vivir.

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Daniel Ralph Celen­tano, Sub­way 1934

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Lily Furedi, Sub­way, 1934

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Me ape­llido desarraigo

Soy una planta mons­truosa. Mis raí­ces están a miles de kiló­me­tros de mí y no nos ata un tallo, nos sepa­ran dos mares y un océano. El sol me mira cuando ellas res­pi­ran en la noche, due­len de noche bajo el sol.

JUAN GEL­MAN, Bajo la llu­via ajena

Cuando decidí que que­ría escri­bir una novela sobre el des­arraigo no pensé en que ya estaba dicho casi todo. Ensa­yos, pro­fun­dos estu­dios de socio­lo­gía o de psi­co­lo­gía; nove­las; cuen­tos; rela­tos; poe­ma­rios y hasta bio­gra­fías.
Ni siquiera podría haber tenido el con­suelo de dar con un nom­bre ori­gi­nal para la novela, por­que ya alguien había escrito, por ejem­plo, “Memo­rias del Des­arraigo”, “Cró­ni­cas del des­arraigo” o “Apro­xi­ma­cio­nes al des­arraigo”, en algu­nos casos estos títu­los se repi­ten varias veces por dife­ren­tes auto­res.
Fue como encon­trar de repente que mis per­so­na­jes tenían autor, pero el autor care­cía de un tema para dotar­los de vida en un con­texto único y ori­gi­nal.
Y, sin embargo, durante mucho tiempo he com­ba­tido con esa idea del des­arraigo como tema de mi novela. Se me ocu­rrió que podría dotar a los per­so­na­jes de un des­arraigo más espi­ri­tual, menos físico o menos apa­rente.
Rele­yendo el bus­cón de Que­vedo, para refres­car la idea del tipo de per­so­naje pica­resco que fue a Amé­rica durante la con­quista, di con la clave en el último párrafo de esta deli­ciosa novela:
La jus­ti­cia no se des­cui­daba de bus­car­nos; ron­dá­ba­nos la puerta, pero, con todo, de media noche abajo, ron­dá­ba­mos dis­fra­za­dos. Yo que vi que duraba mucho este nego­cio y más la for­tuna en per­se­guirme, no de escar­men­tado, que no soy tan cuerdo, sino de can­sado, como obs­ti­nado peca­dor, deter­miné, con­sul­tán­dolo pri­mero con la Gra­jal, de pasarme a Indias con ella y ver si mudando mundo y tie­rra mejo­ra­ría mi suerte. Y fueme peor, como V. Md. verá en la segunda parte, pues nunca mejora su estado quien muda sola­mente de lugar y no de vida y cos­tum­bres.
El des­arraigo no tiene por qué con­sis­tir en un espa­cio físico, no es siem­pre fruto de la expe­rien­cia del exi­lio, de la mar­gi­na­ción o de la emi­gra­ción –sean estos volun­ta­rios o involutarios-.
El des­arraigo es tam­bién un fac­tor gené­tico, un carác­ter, un vicio y hasta una vir­tud.
La Amé­rica de donde pro­vengo se pobló con busca for­tu­nas, galeo­tes, curas las­ci­vos que mul­ti­pli­ca­ban sus sobri­nos y sobri­nas; fugi­ti­vos de oscu­ros orí­ge­nes que no habrían pasado una prueba de pureza de san­gre y de toda clase de vivi­do­res e incon­for­mis­tas. Pri­mero fue­ron espa­ño­les, luego fue­ron por­tu­gue­ses, ita­lia­nos, grie­gos, sirios, liba­ne­ses y hasta tur­cos.
De entre los tur­cos, algu­nos, eran judíos sefar­di­tas, lo que dio lugar a un curioso reen­cuen­tro con sus orí­ge­nes espa­ño­les en tie­rras ame­ri­ca­nas. De estos últi­mos tengo ances­tros, un ape­llido de ori­gen espa­ñol emi­grado desde tie­rras oto­ma­nas. La emi­gra­ción ele­vada al cua­drado por la mate­má­tica de la per­se­cu­ción.
Mi fami­lia es una fami­lia en diás­pora per­ma­nente, conozco las reunio­nes fami­lia­res por las pelí­cu­las de Holly­wood y fuera de un par de tías mater­nas que conocí en mi infan­cia no conozco a nadie más, aun­que mi madre tuvo 8 her­ma­nas y un her­mano.
Esta expe­rien­cia me hace sen­tir un cierto desa­pego en las rela­cio­nes con­tra el que cons­tan­te­mente tengo que luchar, una sen­sa­ción de que el sitio en que me encuen­tro no será el sitio en el que muera. Es un pen­sa­miento tan sim­ple como absurdo, pero tam­bién terri­ble.
El mundo está lleno de judíos erran­tes, per­so­nas que com­par­ten el ape­llido del des­arraigo, y que luchan con­tra la única cer­teza que tie­nen, la de su erran­cia.
Ese el tema de la novela que quiero escribir.

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Pará­bola del perro atro­pe­llado o apos­tar por lo inevitable

Yo había visto de reojo esta escena: un hom­bre paseando a un perro cani­che en la calle en un esce­na­rio idí­lico de una urba­ni­za­ción de Ken­dall en Miami. Patos, mucho verde, pocos coches.
Deseché la ima­gen como se desechan los millo­nes de imá­ge­nes con las que nos bom­bar­dea la vista por aque­llo de nues­tro evo­lu­cio­nado cere­bro que recuerda lo que asume como impres­cin­di­ble y borra lo demás, y seguí con mis cosas. Pero lo que suce­dió a con­ti­nua­ción me grabó aque­lla escena como a fuego.
Mi mujer había seguido mirando por la ven­tana y fue quien pegó el grito mien­tras afuera alguien gri­taba “stop, stop, stop”.
El camión de la basura había aplas­tado al cani­che del vecino entre su des­co­mu­nal rueda delan­tera izquierda y el “poli­cía dur­miente” que hay enfrente de la casa. Yo sólo vi el resul­tado y fue sufi­ciente para sen­tir un desa­so­siego que me duró varias horas. Cuando salí a la calle estaba el dueño estu­pe­facto, de pie, con una de esas correas exten­si­bles en la mano y reci­biendo la bronca del con­duc­tor del camión –mi mujer, creo recor­dar, comentó que iba un poco rápido–
En estos casos es solo humano ponerse a pen­sar en cul­pas. Lo pri­mero es echarle la culpa al cani­che o a lo que queda de él: perro estú­pido. Pero uno piensa mejor y con­cluye con que el perro es solo un perro, no tiene por qué pre­ver que pueda morir aplas­tado si se mete debajo de las rue­das de un camión. La culpa es del bobo del dueño que lleva la correa en la mano sin hacer uso de ella, ¿para qué le sir­ven las cone­xio­nes sináp­ti­cas del cere­bro? ¿Para qué tanta evo­lu­ción si al final ter­mi­na­mos siem­pre apos­tando por lo inevi­ta­ble? O tam­bién pudo ser culpa del camio­nero, el otro irres­pon­sa­ble de la his­to­ria, que igual que aplastó al perro pudo aplas­tar un pato. O un crío, vál­game el cielo. En fin, un cúmulo de cul­pas inú­ti­les, si al fin y al cabo el perro había ter­mi­nado pagando el pre­cio carí­simo de ser el único en no tener cons­cien­cia. Al final el camio­nero sacó una pala, el dueño trajo una bolsa y el perro ter­minó con sus res­tos echa­dos al camión de la basura.
Tú me pides con tus die­ci­siete años per­miso para vol­ver a las 4 o 5 de la mañana de un sábado, o que te des­blo­quee el fire­wall para estar hasta las tan­tas cha­teando con yo qué sé quién.
Y yo te tengo que decir que no, aun­que entienda tus nece­si­da­des, tus deseos y la frus­tra­ción que te causo en plena ado­les­cen­cia. Pero es que yo no quiero que la vida te atro­pe­lle de nin­guna manera, y mis cone­xio­nes sináp­ti­cas y mi edu­ca­ción judeo­cris­tiana no me per­mi­ti­rían echarte a ti la culpa si te suce­diera cual­quier cosa que te hiciera daño, ni siquiera se la echa­ría a quien te hiciera daño.
La culpa, hija mía, me la echa­ría para siem­pre yo, por haber apos­tado por lo inevitable.

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Más Feli­cien Rops

La mort qui sème la zizanie

La mort qui sème la zizanie


Por cierto, este cua­dro apa­re­cía en la por­tada del libro Maq­bara, de Juan Goytisolo.

Satán sembrando la muerte

Satán sem­brando la muerte

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Cuento de Navidad

A prin­ci­pios de los noventa pasé una tem­po­rada en Vene­cia, y allí conocí al pro­ta­go­nista de una his­to­ria de las que estos días pre­fie­ren no escu­charse.
Se llama, o se lla­maba, Ettore Man­fredi, y debía ron­dar por enton­ces los cin­cuenta años.
Ettore Man­fredi estu­dió canto y se con­vir­tió en el tenor que quiso ser, can­tando por los pue­blos de Ita­lia con una esas com­pa­ñías pro­vin­cia­nas que no lle­van los gran­des mon­ta­jes de las capi­ta­les, pero cuyas repre­sen­ta­cio­nes lle­van la pasión lírica que única­mente los aman­tes de la ópera pode­mos enten­der. Había en él una humil­dad natu­ral que no ocul­taba una gran­deza inte­rior, el alma grande de los gran­des artis­tas.
El invierno de aquel año lo pasé en Spi­nea, en donde asistí a una pro­duc­ción de Andrea Chè­nier que pasó con más pena que glo­ria por culpa de una soprano que defi­ni­ti­va­mente no sabía música, que entraba a des­tiempo y de vez en cuando calaba las notas agu­das, y el barí­tono había cono­cido mejo­res tiem­pos y ape­nas des­tacó. Pare­cía un viejo can­tor de igle­sia.
Man­fredi, por el con­tra­rio, había hecho gala de una maes­tría vocal y escé­nica que me recordó al Core­lli de los 50, y cantó el aria “come un bel dì di Mag­gio” del acto ter­cero con una inten­si­dad que con­geló el tea­tro durante un momento al aca­bar el aria. Sólo recuerdo una oca­sión en la que suce­dió algo así con Alfredo Kraus, cuando la emo­ción dejó un lapso de unos segun­dos hasta que esta­lló la ova­ción. El solo salvó una noche hasta enton­ces des­an­ge­lada por sus cole­gas de reparto y la poco menos que correcta direc­ción musi­cal.
Man­fredi había alqui­lado un apar­ta­mento para pasar el invierno, y en un pequeño café de la Via Roma lo reco­nocí ense­guida. Como no pare­ció moles­tarle mi intro­mi­sión en su silen­cio, me per­mití invi­tarle a un whisky y char­lar sobre nues­tra pasión com­par­tida. Nos pasa­mos hablando casi tres horas, al cabo de las cua­les pare­cía­mos ami­gos de toda la vida.
Como era el día vein­ti­cua­tro y no pare­cía tener prisa por mar­charse, me atreví a pre­gun­tarle con quién pasaba la navi­dad. El son­rió durante unos segun­dos, y luego su ros­tro se tornó som­brío. Me di cuenta de que había dicho el pri­mer incon­ve­niente. Me dijo que le gus­ta­ría con­tarme una his­to­ria si yo no tenía otra cosa qué hacer.
Bro­meé algo sobre ser hebreo y no tener ni un pese­bre para pasar la noche con los bue­yes, pero enton­ces me di cuenta de que estaba siendo un boca­zas ante alguien que que­ría com­par­tir una con­fi­den­cia íntima y tras­cen­den­tal. Sin embargo, él encon­tró diver­tida la ocu­rren­cia y me pre­guntó si había oído hablar de Julián Gaya­rre.
¿Quién no ha oído hablar de Julián Gaya­rre?, le respondí.

Yo no cele­bro la Navi­dad por­que me pasa igual que a Gaya­rre con la fur­tiva lagrima de L’elisir d’amore, dijo. Segui­da­mente me contó que fue el tenor Julián Gaya­rre el pri­mero en can­tar el aria de Nemo­rino con un tono de tris­teza. Justo antes de salir al esce­na­rio, le pasa­ron un pape­lito azul comu­ni­cán­dole la muerte de su madre. El aria, que no es triste, pasó a can­tarse desde enton­ces con­tra­riando su ver­da­dero sen­tido.
Caí en la cuenta de que aun­que la his­to­ria fuese apó­crifa, lo cierto es que los can­tan­tes tie­nen la ten­den­cia de can­tar la pieza como si fuera un aria triste, con­tra­di­ciendo el evi­dente men­saje de ale­gría que con­tiene.
Tras la anéc­dota me contó que él había nacido en un pue­ble­cito de Sici­lia, y que la pri­mera y última navi­dad fue la de sus siete años. Habían invi­tado a varios fami­lia­res, y su madre, que se había pasado coci­nando desde la madru­gada, por fin se sin­tió rela­jada cuando todos la feli­ci­ta­ron por la exce­len­cia de su cocina. Empe­za­ron los can­tos, y corrió el vino y la grappa. Man­fredi debió que­darse dor­mido y se des­pertó en la cama, aún ves­tido, al escu­char fuer­tes rui­dos en la casa. Al aso­marse por la puerta del come­dor, vio a su madre sen­tada en un sofá, vomi­tando, y a su padre des­tro­zando la casa y, espe­cial­mente, todos los ador­nos de navi­dad. Como estaba acos­tum­brado a las bron­cas de su padre, hizo el esfuerzo de dor­mirse, con­fiado en que il Bam­bin Gesù le pro­te­ge­ría, y que al des­per­tar todo segui­ría como siem­pre. Pero no lo fue.
Su madre murió apu­ña­lada por la bru­ta­li­dad de la igno­ran­cia; por la ver­guenza absurda del padre, al ver que la pobre mujer se había embo­rra­chado.
Aquel día de navi­dad ente­rra­ron a su madre, y el padre fue enviado a pri­sión. No vol­vió a saber nunca más de él.

El nava­rro Gaya­rre jamás vol­vió a can­tar el aria de L’elisir como dicta la par­ti­tura, y, de la misma forma, Ettore Man­fredi se lle­naba de amar­gura cada vez que se acer­caba el final del año. Bus­caba refu­gio en algún sitio donde fuera un des­co­no­cido, y se esfor­zaba en recor­dar los deta­lles de aque­lla pri­mera y última navi­dad de su infan­cia, inten­tando acaso encon­trar las razo­nes para un drama incom­pren­si­ble.
Yo tengo siem­pre un recuerdo para aquel artista que había dejado de creer en la navi­dad siendo un niño, pero que pudo superar con su arte la tris­teza de aque­llos días, can­tando para su madre muerta, con una voz que adqui­ría la cali­dad sin­gu­lar del cris­tal vene­ciano en aque­llos tea­tros sin historia.

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Miami I

Tengo que caer en el tópico de la des­me­sura para empe­zar des­cri­biendo mi pri­mera impre­sión.
El pri­mer día me queda claro que ten­dré que con­du­cir para des­pla­zarme. Estas dis­tan­cias bru­ta­les casi me pro­vo­can des­con­suelo. Las auto­pis­tas y las calles son enor­mes y bien seña­li­za­das, aun­que los cami­nos son hos­ti­les para el cami­nante. Las ace­ras no exis­ten; serían, en todo caso, super­fluas; y el trans­porte público ignora que exis­ten los turistas.

Pero sal­va­das las dis­tan­cias, las com­pa­ra­cio­nes, los tópi­cos y las des­me­su­ras, Miami me gusta. Es bella hasta en su moder­ni­dad más acerada.

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Key Bis­cayne

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Miami sky­line desde el puente de Key Biscayne

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Dos mons­truos

–Señora, sus hijos son unos mons­truos.
Aque­lla frase, dicha con el abru­ma­dor aplomo de quien dicta una sen­ten­cia, hizo que mi her­mano y yo corrié­se­mos a gua­re­cer­nos en un escon­dite nada habi­tual para nues­tros redu­ci­dos hori­zon­tes, huyendo como solo huyen los mons­truos temiendo ser des­cu­bier­tos por las per­so­nas nor­ma­les.
El miedo a saber­nos mons­truos había ven­cido por fin el miedo a tras­pa­sar la puerta que con­du­cía al sótano, en donde se derrum­ba­ban enmohe­ci­dos los recuer­dos de otros tiem­pos.
Aque­lla enorme con­fu­sión de obje­tos en penum­bra nos pare­ció el sitio ideal para exi­liar­nos del mundo de los huma­nos, hasta que dejá­ra­mos de ser mons­truos, o acaso hasta que fué­ra­mos pare­ci­dos a nues­tros padres y así poder hacer y des­ha­cer sin pedir per­miso a nadie.
Echa­mos al suelo el col­chón húmedo sobre el que el abuelo había falle­cido hacía años, lo cubri­mos con unas cor­ti­nas que la tía Gabriela había que­mado por culpa de los ciga­rri­llos ame­ri­ca­nos que fumaba, y empu­ja­mos dos enor­mes tam­bo­res que mi padre había arrin­co­nado cuando se retiró como direc­tor de la banda muni­ci­pal, y que nos sir­vie­ron como mesi­llas de noche; sobre ellas colo­ca­mos dos bote­llas de vino vacías coro­na­das con dos enor­mes velas que algún fiel le había traído a la abuela desde algún san­tua­rio.
Tam­bién deco­ra­mos las pare­des con obje­tos encon­tra­dos en cajas reple­tas de cosas inú­ti­les. Unas cuñas de hos­pi­tal cru­za­das con dos mache­tes oxi­da­dos fue­ron nues­tros escu­dos de armas; un pájaro quet­zal dise­cado sir­vió de heraldo enmu­de­cido y le colo­ca­mos un car­tu­cho de per­di­go­nes vacío en la pata con nues­tros men­sa­jes secre­tos; una caja extra­ña­mente llena de argo­llas de cor­tina de baño nos sir­vió para hacer unas cade­nas con la que rodea­mos tres de los cua­tro arma­rios, para evi­tar la salida de algún ser más mons­truoso que noso­tros mis­mos; y un mani­quí con la cabeza forrada de cor­cho fue ele­gido para repre­sen­tar a quien nos había con­de­nado al ostra­cismo: doña Euge­nia, quien fue a su vez con­de­nada en jui­cio suma­rí­simo a ser des­fi­gu­rada en efi­gie.
Así fue como aquel pobre mani­quí sufrió las iras de noso­tros los mons­truos, que lo tras­pa­sa­ron con agu­jas de tejer con­ver­ti­das en fle­chas. Tam­bién le colo­ca­mos una orla de navi­dad a modo de corona de espi­nas.
El resul­tado fue más dra­má­tico que el San Sebas­tián del Tiziano, pero no con­ten­tos con ello deci­di­mos taparle la boca cla­ván­dole un enorme embudo enne­gre­cido que el chó­fer solía usar para tras­va­sar el aceite del viejo Che­vro­let.
Una vez estu­vi­mos con­ten­tos con el resul­tado del mere­cido cas­tigo, deci­di­mos que era hora de apro­vi­sio­nar­nos en la cocina apro­ve­chando la hora de la siesta. Sigi­lo­sa­mente nos ase­gu­ra­mos de meter en una vieja maleta toda la pitanza que ima­gi­na­mos nece­sa­ria para nues­tro largo escon­dite, y tam­bién la bebida. Bote­llas de coca cola que, una vez vacías, ser­vi­rían bien como impro­vi­sa­dos uri­na­rios. El plan era per­fecto.
De vuelta al sótano, a nues­tro impro­vi­sado hogar, cedi­mos al sueño luego de hablar durante largo rato sobre qué haría­mos durante el tiempo, que pre­veía­mos largo de nues­tro inevi­ta­ble encie­rro.
Estuve soñando con la per­se­cu­ción enfu­re­cida de una masa que por­taba herra­mien­tas del campo y antor­chas, y que nos per­se­guía. Mi mayor angus­tia era con­se­guir que mi her­mano no se des­pren­diera de mi y que­dara a mer­ced de aquel gen­tío. Des­perté confuso.

–¿Dónde están estos mons­truos? ¿Dónde carajo se han metido?

Mi padre voci­fe­raba dando enor­mes zan­ca­das por la casa.
Había­mos pre­visto la reac­ción airada, pero sus pasos sobre el suelo de madera se ampli­fi­ca­ban de manera inquie­tante en el sótano y tuvi­mos que deci­dir en un segundo ocul­tar­nos en el enorme arma­rio de caoba lleno de ves­ti­dos anti­guos. La pro­fun­di­dad de aquel escon­dite fue nues­tra sal­va­ción, por­que mi padre se aven­turó a bus­car­nos en el sótano y des­cu­brió que había­mos estado allí al ver a doña Euge­nia tras­pa­sada con un embudo tapán­dole la boca, o ‚mejor dicho, a la efi­gie de doña Eugenia.

–Estos con­de­na­dos andan por aquí.

La puerta del arma­rio se abrió y se vol­vió a cerrar sin que mi padre advir­tiera nues­tra pre­sen­cia. Una nove­dosa ven­taja de ser mons­truos era, sin duda, el don de la invi­si­bi­li­dad.
Toqué el hom­bro de mi her­mano, que para enton­ces había come­tido una de las mons­truo­si­da­des más comu­nes en él: se había ori­nado, y el olor de la orina mez­clado con el cuero de nues­tros zapa­tos era el mis­mí­simo olor del miedo; sali­mos cui­dán­do­nos mucho de no hacer ruido, y vestí a mi her­mano con una bata de toa­lla que recor­daba haber visto puesta a mi padre. Tuve que acor­tarla usando una poda­dora, con un resul­tado no per­fecto pero sí sufi­ciente para que no arras­trara ni ocul­tara sus bra­zos.
Aque­llo nos dio la idea de ves­tir­nos de forma apro­piada para nues­tro nuevo esta­tus. Yo recorté unos vie­jos vaque­ros y me colo­qué un cin­tu­rón con una hebi­lla vaquera que tenía en relieve los cuer­nos de un long horn. Al cinto me puse un cuchi­llo de monte que bien me ser­vi­ría para matar a un jabalí o defen­derme de un tibu­rón. Me puse tam­bién unas gafas de buzo para pro­te­ger mi cabeza, y unas botas rojas que nadie supo nunca cómo lle­ga­ron al sótano.

Esa tarde escu­cha­mos aten­tos la dis­cu­sión entre doña Euge­nia, una viuda ahi­jada de la abuela, mi madre y mi padre.
Enton­ces caí en la cuenta de otro don que única­mente los mons­truos poseían, y que con­sis­tía en con­ver­tir las joyas en loros sim­ple­mente macha­cando un ter­mó­me­tro den­tro del joyero de doña Eugenia.

–El oro se puede res­tau­rar con elec­tró­li­sis, el oro, el loro, loro loro….
–Pero está todo arrui­nado, mi ani­llo, mi pul­sera, mi gar­gan­ti­lla…
–Señora, si quiere yo mismo me encargo de lle­var el loro al joyero para que le haga la elec­tró­li­sis, más no puedo hacer. Ya verá que queda todo como nuevo.
–Pero el loro… el loro… el loro…
–Y ade­más tene­mos que encon­trar­los, vamos a ir a ver en el corral…

No entendí en qué con­sis­tía la elec­tró­li­sis, pero ima­giné a mi padre metiendo las patas del loro en un enchufe para inver­tir aque­lla suerte de mons­truosa alqui­mia. Y me dije que nunca más vol­ve­ría a con­ver­tir joyas en loros.
Era tarde, y final­mente nos que­da­mos dor­mi­dos, cubier­tos por una alfom­bra de piel de oso con la cabeza incluida que mi madre nunca quiso colo­car en el estu­dio por más que mi padre insistió.

Fue casi de madru­gada cuando por fin nos encon­tra­ron dur­miendo en el sótano.
Yo des­perté con las car­ca­ja­das de mis padres al ver­nos ves­ti­dos con aque­llos zaran­da­jos. Mi padre cogió en bra­zos a mi her­mano envuelto en aquel albor­noz lleno de bur­dos tije­re­ta­zos. Estaba tan pro­fun­da­mente dor­mido que no des­pertó hasta la mañana siguiente, ya en la cama y con un pijama lim­pio. Esa noche no había mojado la cama.
Mi madre me abrazó, como a su mons­truo favo­rito, mien­tras ensor­ti­jaba sus dedos entre mis rizos de una forma que yo nunca olvi­da­ría.
Aque­lla noche, por un extraño mila­gro, había­mos dejado de ser mons­truos para con­ver­tir­nos otra vez en dos niños de 7 y 5.

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