
El arte de regalar libros
Rara vez comprendemos el alcance de regalar un libro a un niño, especialmente en estos tiempos de la Play Station y la falta absoluta de imaginación sin la ayuda de ese bombardeo constante de la imagen.
Un día de hace 37 años, allá en Guatemala, un tío lejano me regaló el libro que me descubrió la conexión nada secreta entre fantasía y literatura. Las posibilidades de la ficción de las palabras sobre el papel que me convirtieron en lo que los catalanes llaman lletraferit.
Él mismo buscó siempre volver a una Ítaca que se le fue desdibujando en su vida de tormenta, en su lucha a brazo partido contra el destino adverso que le habían marcado los dioses y en su insistencia en querer escuchar el canto fatal de las sirenas.
Tal vez por eso me regaló precisamente aquel libro que yo leía y releía bajo las sábanas, mientras paladeaba trocitos de pan duro y cumplía –sin saberlo– con en el rito de iniciación al vicio de la lectura, el único vicio que ha sido capaz de engancharme sin posibilidad de recobro.
Por eso siempre le recordaré en esa Navidad de mis ocho años, regalándome aquel libro que hablaba de un tal Ulises –desde entonces mi personaje literario favorito– y en cuyos mares revueltos me he visto tantas veces, mientras busco mi Ítaca particular y a esa Penélope que ya empiezo a pensar que no existe más que en la imaginación que Homero encendió mediante mi tío Pepe.
Y por eso viajé 250 kilómetros con la ansiedad y el deseo de llegar a tiempo de darle gracias y desearle un buen viaje por ese antro de las ninfas que ahora recorre para devolver su alma al creador.
Se lo debía.
Descanse en paz, tío Pepe.
El arrebato creador
En una de esas revistas de fechas remotas que se amontonan en las salas de espera de los dentistas, leí un artículo sobre un músico de jazz llamado Johnny Carter. Era un artículo extraño porque no era una crítica al uso, sino algo así como una evocación. La primera página estaba arrancada, así que no supe entonces que Johnny Carter en realidad no existía.
Busqué discos, información en enciclopedias de jazz, pregunté a músicos. Nada. Aquello aumentó mi curiosidad. Por entonces no existía Internet, no se había inventado.
Fue muchos años más tarde, en una tertulia de la televisión, cuando escuché hablar de un relato llamado El Perseguidor, de Cortázar, que hablaba sobre un músico de jazz llamado ¡Johny Carter!
Así que era normal que en lugar de escuchar la música de Johny Carter, me lanzara a la aventura de leer a todo Cortázar.
Releer, esta vez completo, El Perseguidor, fue una experiencia que me dejó boquiabierto. ¿Cómo se puede escribir así, sincopado, como si se tratara de una improvisación jazzística, con ese manejo del tiempo? Es un relato que, hablando en argentino, me deja loco.
Cuando quiero escribir, vuelvo a releer El Perseguidor. No para inspirarme en el relato ni en el estilo de Cortázar, sino para sentir el arrebato creador, esa pasión que nos impulsa a inventar personajes como el tal Johny Carter del que un amante del jazz con diecisiete años quiso escuchar la inexistente discografía completa.
La pera antigua
El agricultor nos preguntó si queríamos también peras antiguas. Me lanzó una y tuve entre mis manos una pera que no había probado nunca, pero que ya había visto en algún sitio. Y ese sitio no es otro que un museo.
La pera Romana es una de las catorce variedades que se cultivan en Aragón. La llaman pera antigua porque procede de perales viejos de los que van quedando pocos, pues van siendo sustituidos por perales de otras variedades con más salida comercial.
Es de forma oblonga y poco estilizada, bastante jugosa, de sabor dulce con un toque de acidez y textura entre fina y granulosa.
Estuve intentando recordar en dónde había visto esa pera antes, y creo que fue en una exposición de bodegones en la que descubrí a Luis Meléndez, uno de los mejores pintores de bodegones del XVIII.
Y por si desaparecen, yo también he empezado a planear un bodegón –y que me perdone el maestro Meléndez– con peras Romanas-.
- Bodegón con peras y calabazas
- Bodegón con pan, peras, queso y recipientes
- Oleo sobre papel, Sept. 2010
El arte del New Deal
El New Deal tuvo su parte artística. Supe de esto el pasado Diciembre, en un curioso museo del Miami beach Art Decò: The Wolfsonian.
1934 fue un año de crisis con un 25% de paro en USA, el peor mes de Febrero que se recuerda (por lo frío), pero un año en el que el New Deal del presidente Roosevelt empezó a producir ideas que trajeron algo de alivio para los más necesitados.
En lo más bajo de la escala, o directamente sin escala, los artistas estaban entre los más necesitados. Harry Hopkins a quien Roosevelt había puesto a cargo del programa de trabajo, dijo que los artistas también tenían que comer, y así surgió la idea del Public Works of Art Project. Se contrataron casi cuatro mil artistas que sólo ese año produjeron 15.700 obras de arte que llenarían los edificios gubernamentales de todo el país. Cada obra costó una media de 76 dólares, que no era un mal precio en aquellos tiempos.
La única premisa para los artistas era que preferiblemente tenían que reflejar la “escena americana” . Y así es como surgieron esas pinturas que, de no haber sido por aquel esfuerzo político, no habrían llegado hasta nosotros reflejando una era que ahora nos vuelve a tocar vivir.

Daniel Ralph Celentano, Subway 1934

Lily Furedi, Subway, 1934
Me apellido desarraigo
Soy una planta monstruosa. Mis raíces están a miles de kilómetros de mí y no nos ata un tallo, nos separan dos mares y un océano. El sol me mira cuando ellas respiran en la noche, duelen de noche bajo el sol.
JUAN GELMAN, Bajo la lluvia ajena
Cuando decidí que quería escribir una novela sobre el desarraigo no pensé en que ya estaba dicho casi todo. Ensayos, profundos estudios de sociología o de psicología; novelas; cuentos; relatos; poemarios y hasta biografías.
Ni siquiera podría haber tenido el consuelo de dar con un nombre original para la novela, porque ya alguien había escrito, por ejemplo, “Memorias del Desarraigo”, “Crónicas del desarraigo” o “Aproximaciones al desarraigo”, en algunos casos estos títulos se repiten varias veces por diferentes autores.
Fue como encontrar de repente que mis personajes tenían autor, pero el autor carecía de un tema para dotarlos de vida en un contexto único y original.
Y, sin embargo, durante mucho tiempo he combatido con esa idea del desarraigo como tema de mi novela. Se me ocurrió que podría dotar a los personajes de un desarraigo más espiritual, menos físico o menos aparente.
Releyendo el buscón de Quevedo, para refrescar la idea del tipo de personaje picaresco que fue a América durante la conquista, di con la clave en el último párrafo de esta deliciosa novela:
La justicia no se descuidaba de buscarnos; rondábanos la puerta, pero, con todo, de media noche abajo, rondábamos disfrazados. Yo que vi que duraba mucho este negocio y más la fortuna en perseguirme, no de escarmentado, que no soy tan cuerdo, sino de cansado, como obstinado pecador, determiné, consultándolo primero con la Grajal, de pasarme a Indias con ella y ver si mudando mundo y tierra mejoraría mi suerte. Y fueme peor, como V. Md. verá en la segunda parte, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres.
El desarraigo no tiene por qué consistir en un espacio físico, no es siempre fruto de la experiencia del exilio, de la marginación o de la emigración –sean estos voluntarios o involutarios-.
El desarraigo es también un factor genético, un carácter, un vicio y hasta una virtud.
La América de donde provengo se pobló con busca fortunas, galeotes, curas lascivos que multiplicaban sus sobrinos y sobrinas; fugitivos de oscuros orígenes que no habrían pasado una prueba de pureza de sangre y de toda clase de vividores e inconformistas. Primero fueron españoles, luego fueron portugueses, italianos, griegos, sirios, libaneses y hasta turcos.
De entre los turcos, algunos, eran judíos sefarditas, lo que dio lugar a un curioso reencuentro con sus orígenes españoles en tierras americanas. De estos últimos tengo ancestros, un apellido de origen español emigrado desde tierras otomanas. La emigración elevada al cuadrado por la matemática de la persecución.
Mi familia es una familia en diáspora permanente, conozco las reuniones familiares por las películas de Hollywood y fuera de un par de tías maternas que conocí en mi infancia no conozco a nadie más, aunque mi madre tuvo 8 hermanas y un hermano.
Esta experiencia me hace sentir un cierto desapego en las relaciones contra el que constantemente tengo que luchar, una sensación de que el sitio en que me encuentro no será el sitio en el que muera. Es un pensamiento tan simple como absurdo, pero también terrible.
El mundo está lleno de judíos errantes, personas que comparten el apellido del desarraigo, y que luchan contra la única certeza que tienen, la de su errancia.
Ese el tema de la novela que quiero escribir.
Parábola del perro atropellado o apostar por lo inevitable
Yo había visto de reojo esta escena: un hombre paseando a un perro caniche en la calle en un escenario idílico de una urbanización de Kendall en Miami. Patos, mucho verde, pocos coches.
Deseché la imagen como se desechan los millones de imágenes con las que nos bombardea la vista por aquello de nuestro evolucionado cerebro que recuerda lo que asume como imprescindible y borra lo demás, y seguí con mis cosas. Pero lo que sucedió a continuación me grabó aquella escena como a fuego.
Mi mujer había seguido mirando por la ventana y fue quien pegó el grito mientras afuera alguien gritaba “stop, stop, stop”.
El camión de la basura había aplastado al caniche del vecino entre su descomunal rueda delantera izquierda y el “policía durmiente” que hay enfrente de la casa. Yo sólo vi el resultado y fue suficiente para sentir un desasosiego que me duró varias horas. Cuando salí a la calle estaba el dueño estupefacto, de pie, con una de esas correas extensibles en la mano y recibiendo la bronca del conductor del camión –mi mujer, creo recordar, comentó que iba un poco rápido–
En estos casos es solo humano ponerse a pensar en culpas. Lo primero es echarle la culpa al caniche o a lo que queda de él: perro estúpido. Pero uno piensa mejor y concluye con que el perro es solo un perro, no tiene por qué prever que pueda morir aplastado si se mete debajo de las ruedas de un camión. La culpa es del bobo del dueño que lleva la correa en la mano sin hacer uso de ella, ¿para qué le sirven las conexiones sinápticas del cerebro? ¿Para qué tanta evolución si al final terminamos siempre apostando por lo inevitable? O también pudo ser culpa del camionero, el otro irresponsable de la historia, que igual que aplastó al perro pudo aplastar un pato. O un crío, válgame el cielo. En fin, un cúmulo de culpas inútiles, si al fin y al cabo el perro había terminado pagando el precio carísimo de ser el único en no tener consciencia. Al final el camionero sacó una pala, el dueño trajo una bolsa y el perro terminó con sus restos echados al camión de la basura.
Tú me pides con tus diecisiete años permiso para volver a las 4 o 5 de la mañana de un sábado, o que te desbloquee el firewall para estar hasta las tantas chateando con yo qué sé quién.
Y yo te tengo que decir que no, aunque entienda tus necesidades, tus deseos y la frustración que te causo en plena adolescencia. Pero es que yo no quiero que la vida te atropelle de ninguna manera, y mis conexiones sinápticas y mi educación judeocristiana no me permitirían echarte a ti la culpa si te sucediera cualquier cosa que te hiciera daño, ni siquiera se la echaría a quien te hiciera daño.
La culpa, hija mía, me la echaría para siempre yo, por haber apostado por lo inevitable.
Más Felicien Rops
Por cierto, este cuadro aparecía en la portada del libro Maqbara, de Juan Goytisolo.

Satán sembrando la muerte
Cuento de Navidad
A principios de los noventa pasé una temporada en Venecia, y allí conocí al protagonista de una historia de las que estos días prefieren no escucharse.
Se llama, o se llamaba, Ettore Manfredi, y debía rondar por entonces los cincuenta años.
Ettore Manfredi estudió canto y se convirtió en el tenor que quiso ser, cantando por los pueblos de Italia con una esas compañías provincianas que no llevan los grandes montajes de las capitales, pero cuyas representaciones llevan la pasión lírica que únicamente los amantes de la ópera podemos entender. Había en él una humildad natural que no ocultaba una grandeza interior, el alma grande de los grandes artistas.
El invierno de aquel año lo pasé en Spinea, en donde asistí a una producción de Andrea Chènier que pasó con más pena que gloria por culpa de una soprano que definitivamente no sabía música, que entraba a destiempo y de vez en cuando calaba las notas agudas, y el barítono había conocido mejores tiempos y apenas destacó. Parecía un viejo cantor de iglesia.
Manfredi, por el contrario, había hecho gala de una maestría vocal y escénica que me recordó al Corelli de los 50, y cantó el aria “come un bel dì di Maggio” del acto tercero con una intensidad que congeló el teatro durante un momento al acabar el aria. Sólo recuerdo una ocasión en la que sucedió algo así con Alfredo Kraus, cuando la emoción dejó un lapso de unos segundos hasta que estalló la ovación. El solo salvó una noche hasta entonces desangelada por sus colegas de reparto y la poco menos que correcta dirección musical.
Manfredi había alquilado un apartamento para pasar el invierno, y en un pequeño café de la Via Roma lo reconocí enseguida. Como no pareció molestarle mi intromisión en su silencio, me permití invitarle a un whisky y charlar sobre nuestra pasión compartida. Nos pasamos hablando casi tres horas, al cabo de las cuales parecíamos amigos de toda la vida.
Como era el día veinticuatro y no parecía tener prisa por marcharse, me atreví a preguntarle con quién pasaba la navidad. El sonrió durante unos segundos, y luego su rostro se tornó sombrío. Me di cuenta de que había dicho el primer inconveniente. Me dijo que le gustaría contarme una historia si yo no tenía otra cosa qué hacer.
Bromeé algo sobre ser hebreo y no tener ni un pesebre para pasar la noche con los bueyes, pero entonces me di cuenta de que estaba siendo un bocazas ante alguien que quería compartir una confidencia íntima y trascendental. Sin embargo, él encontró divertida la ocurrencia y me preguntó si había oído hablar de Julián Gayarre.
¿Quién no ha oído hablar de Julián Gayarre?, le respondí.
Yo no celebro la Navidad porque me pasa igual que a Gayarre con la furtiva lagrima de L’elisir d’amore, dijo. Seguidamente me contó que fue el tenor Julián Gayarre el primero en cantar el aria de Nemorino con un tono de tristeza. Justo antes de salir al escenario, le pasaron un papelito azul comunicándole la muerte de su madre. El aria, que no es triste, pasó a cantarse desde entonces contrariando su verdadero sentido.
Caí en la cuenta de que aunque la historia fuese apócrifa, lo cierto es que los cantantes tienen la tendencia de cantar la pieza como si fuera un aria triste, contradiciendo el evidente mensaje de alegría que contiene.
Tras la anécdota me contó que él había nacido en un pueblecito de Sicilia, y que la primera y última navidad fue la de sus siete años. Habían invitado a varios familiares, y su madre, que se había pasado cocinando desde la madrugada, por fin se sintió relajada cuando todos la felicitaron por la excelencia de su cocina. Empezaron los cantos, y corrió el vino y la grappa. Manfredi debió quedarse dormido y se despertó en la cama, aún vestido, al escuchar fuertes ruidos en la casa. Al asomarse por la puerta del comedor, vio a su madre sentada en un sofá, vomitando, y a su padre destrozando la casa y, especialmente, todos los adornos de navidad. Como estaba acostumbrado a las broncas de su padre, hizo el esfuerzo de dormirse, confiado en que il Bambin Gesù le protegería, y que al despertar todo seguiría como siempre. Pero no lo fue.
Su madre murió apuñalada por la brutalidad de la ignorancia; por la verguenza absurda del padre, al ver que la pobre mujer se había emborrachado.
Aquel día de navidad enterraron a su madre, y el padre fue enviado a prisión. No volvió a saber nunca más de él.
El navarro Gayarre jamás volvió a cantar el aria de L’elisir como dicta la partitura, y, de la misma forma, Ettore Manfredi se llenaba de amargura cada vez que se acercaba el final del año. Buscaba refugio en algún sitio donde fuera un desconocido, y se esforzaba en recordar los detalles de aquella primera y última navidad de su infancia, intentando acaso encontrar las razones para un drama incomprensible.
Yo tengo siempre un recuerdo para aquel artista que había dejado de creer en la navidad siendo un niño, pero que pudo superar con su arte la tristeza de aquellos días, cantando para su madre muerta, con una voz que adquiría la calidad singular del cristal veneciano en aquellos teatros sin historia.
Miami I
Tengo que caer en el tópico de la desmesura para empezar describiendo mi primera impresión.
El primer día me queda claro que tendré que conducir para desplazarme. Estas distancias brutales casi me provocan desconsuelo. Las autopistas y las calles son enormes y bien señalizadas, aunque los caminos son hostiles para el caminante. Las aceras no existen; serían, en todo caso, superfluas; y el transporte público ignora que existen los turistas.
Pero salvadas las distancias, las comparaciones, los tópicos y las desmesuras, Miami me gusta. Es bella hasta en su modernidad más acerada.
Key Biscayne

Miami skyline desde el puente de Key Biscayne
Dos monstruos
–Señora, sus hijos son unos monstruos.
Aquella frase, dicha con el abrumador aplomo de quien dicta una sentencia, hizo que mi hermano y yo corriésemos a guarecernos en un escondite nada habitual para nuestros reducidos horizontes, huyendo como solo huyen los monstruos temiendo ser descubiertos por las personas normales.
El miedo a sabernos monstruos había vencido por fin el miedo a traspasar la puerta que conducía al sótano, en donde se derrumbaban enmohecidos los recuerdos de otros tiempos.
Aquella enorme confusión de objetos en penumbra nos pareció el sitio ideal para exiliarnos del mundo de los humanos, hasta que dejáramos de ser monstruos, o acaso hasta que fuéramos parecidos a nuestros padres y así poder hacer y deshacer sin pedir permiso a nadie.
Echamos al suelo el colchón húmedo sobre el que el abuelo había fallecido hacía años, lo cubrimos con unas cortinas que la tía Gabriela había quemado por culpa de los cigarrillos americanos que fumaba, y empujamos dos enormes tambores que mi padre había arrinconado cuando se retiró como director de la banda municipal, y que nos sirvieron como mesillas de noche; sobre ellas colocamos dos botellas de vino vacías coronadas con dos enormes velas que algún fiel le había traído a la abuela desde algún santuario.
También decoramos las paredes con objetos encontrados en cajas repletas de cosas inútiles. Unas cuñas de hospital cruzadas con dos machetes oxidados fueron nuestros escudos de armas; un pájaro quetzal disecado sirvió de heraldo enmudecido y le colocamos un cartucho de perdigones vacío en la pata con nuestros mensajes secretos; una caja extrañamente llena de argollas de cortina de baño nos sirvió para hacer unas cadenas con la que rodeamos tres de los cuatro armarios, para evitar la salida de algún ser más monstruoso que nosotros mismos; y un maniquí con la cabeza forrada de corcho fue elegido para representar a quien nos había condenado al ostracismo: doña Eugenia, quien fue a su vez condenada en juicio sumarísimo a ser desfigurada en efigie.
Así fue como aquel pobre maniquí sufrió las iras de nosotros los monstruos, que lo traspasaron con agujas de tejer convertidas en flechas. También le colocamos una orla de navidad a modo de corona de espinas.
El resultado fue más dramático que el San Sebastián del Tiziano, pero no contentos con ello decidimos taparle la boca clavándole un enorme embudo ennegrecido que el chófer solía usar para trasvasar el aceite del viejo Chevrolet.
Una vez estuvimos contentos con el resultado del merecido castigo, decidimos que era hora de aprovisionarnos en la cocina aprovechando la hora de la siesta. Sigilosamente nos aseguramos de meter en una vieja maleta toda la pitanza que imaginamos necesaria para nuestro largo escondite, y también la bebida. Botellas de coca cola que, una vez vacías, servirían bien como improvisados urinarios. El plan era perfecto.
De vuelta al sótano, a nuestro improvisado hogar, cedimos al sueño luego de hablar durante largo rato sobre qué haríamos durante el tiempo, que preveíamos largo de nuestro inevitable encierro.
Estuve soñando con la persecución enfurecida de una masa que portaba herramientas del campo y antorchas, y que nos perseguía. Mi mayor angustia era conseguir que mi hermano no se desprendiera de mi y quedara a merced de aquel gentío. Desperté confuso.
–¿Dónde están estos monstruos? ¿Dónde carajo se han metido?
Mi padre vociferaba dando enormes zancadas por la casa.
Habíamos previsto la reacción airada, pero sus pasos sobre el suelo de madera se amplificaban de manera inquietante en el sótano y tuvimos que decidir en un segundo ocultarnos en el enorme armario de caoba lleno de vestidos antiguos. La profundidad de aquel escondite fue nuestra salvación, porque mi padre se aventuró a buscarnos en el sótano y descubrió que habíamos estado allí al ver a doña Eugenia traspasada con un embudo tapándole la boca, o ‚mejor dicho, a la efigie de doña Eugenia.
–Estos condenados andan por aquí.
La puerta del armario se abrió y se volvió a cerrar sin que mi padre advirtiera nuestra presencia. Una novedosa ventaja de ser monstruos era, sin duda, el don de la invisibilidad.
Toqué el hombro de mi hermano, que para entonces había cometido una de las monstruosidades más comunes en él: se había orinado, y el olor de la orina mezclado con el cuero de nuestros zapatos era el mismísimo olor del miedo; salimos cuidándonos mucho de no hacer ruido, y vestí a mi hermano con una bata de toalla que recordaba haber visto puesta a mi padre. Tuve que acortarla usando una podadora, con un resultado no perfecto pero sí suficiente para que no arrastrara ni ocultara sus brazos.
Aquello nos dio la idea de vestirnos de forma apropiada para nuestro nuevo estatus. Yo recorté unos viejos vaqueros y me coloqué un cinturón con una hebilla vaquera que tenía en relieve los cuernos de un long horn. Al cinto me puse un cuchillo de monte que bien me serviría para matar a un jabalí o defenderme de un tiburón. Me puse también unas gafas de buzo para proteger mi cabeza, y unas botas rojas que nadie supo nunca cómo llegaron al sótano.
Esa tarde escuchamos atentos la discusión entre doña Eugenia, una viuda ahijada de la abuela, mi madre y mi padre.
Entonces caí en la cuenta de otro don que únicamente los monstruos poseían, y que consistía en convertir las joyas en loros simplemente machacando un termómetro dentro del joyero de doña Eugenia.
–El oro se puede restaurar con electrólisis, el oro, el loro, loro loro….
–Pero está todo arruinado, mi anillo, mi pulsera, mi gargantilla…
–Señora, si quiere yo mismo me encargo de llevar el loro al joyero para que le haga la electrólisis, más no puedo hacer. Ya verá que queda todo como nuevo.
–Pero el loro… el loro… el loro…
–Y además tenemos que encontrarlos, vamos a ir a ver en el corral…
No entendí en qué consistía la electrólisis, pero imaginé a mi padre metiendo las patas del loro en un enchufe para invertir aquella suerte de monstruosa alquimia. Y me dije que nunca más volvería a convertir joyas en loros.
Era tarde, y finalmente nos quedamos dormidos, cubiertos por una alfombra de piel de oso con la cabeza incluida que mi madre nunca quiso colocar en el estudio por más que mi padre insistió.
Fue casi de madrugada cuando por fin nos encontraron durmiendo en el sótano.
Yo desperté con las carcajadas de mis padres al vernos vestidos con aquellos zarandajos. Mi padre cogió en brazos a mi hermano envuelto en aquel albornoz lleno de burdos tijeretazos. Estaba tan profundamente dormido que no despertó hasta la mañana siguiente, ya en la cama y con un pijama limpio. Esa noche no había mojado la cama.
Mi madre me abrazó, como a su monstruo favorito, mientras ensortijaba sus dedos entre mis rizos de una forma que yo nunca olvidaría.
Aquella noche, por un extraño milagro, habíamos dejado de ser monstruos para convertirnos otra vez en dos niños de 7 y 5.






